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24.3.06

Yo, Autor (algunas ocurrencias inconexas)

Hay muchos suertudos por ahí que hacen de las letras sus esclavas. Ellos y ellas pueden verter en palabras sus ideas, no solo con precisión, sino con claridad, originalidad, pasión y gusto. Vos lees lo que escriban, e inmediatamente te ves cautivo en las frases sencillas y directas, o floridas y oblicuas, pero siempre escritas con un talento y una gracia que no nos permiten despegar los ojos hasta haber llegado al punto final. Quienes así escriben están dotados del poder de hacernos reir a carcajadas, de llorar conmovidos, de hacernos meditar y reconsiderarnos a nosotros mismos, de comprender realidades, y de creer y vivir hasta las ficciones mas descabelladas.

En contrapunto, otros tenemos que devanarnos los sesos en busca de una idea sobre la que valga la pena escribir y forzarla a tomar forma, porque la inspiración, que para aquellos es cosa cotidiana, para nosotros es una utopía. Luego, nos vemos enfrentados en una lucha de las de cuerpo a cuerpo con palabras huidizas y frases incoherentes, de toda suerte que lo que aparece de una forma en nuestras imaginaciones nunca se ve ni parecido cuando está finalmente en negro sobre blanco.

***

Un escritor amigo mío me decía un día que -a fín de escribir algo que medianamente valga la pena leer por otro que no sea el que lo escribió en un principio- siempre es aconsejable escribir sobre un tópico que se domine. En otras palabras, siempre es más efectivo escribir sobre lo que se conoce, y no acerca de aquello sobre lo que solo tenemos nociones vagas. Ahí, ahí al prestar atención al maldito consejo de mi amigo -y no por malintencionado, que no lo era de ninguna manera- fue cuando comprendí a plenitud que mis días como incipiente autor estaban contados.

***

El mismo escritor -tipo apacible y amigo queridísimo, que soporta con benedictina paciencia mis vanas aspiraciones, y responde con sapiencia hasta mis preguntas mas imbéciles sobre la vocación de escribir- me explicaba que siempre ayuda, de previo a acometer la tarea de garrapatear, el establecer un ambiente propicio a tal esfuerzo. De ahí que un día, cuando llegué a la casa al final de un agotador día de labores, apagué las luces de la oficina y dejé encendida solamente la lámpara de mi escritorio, me serví una copa de buen brandy, alisté mi pipa con un tabaco arómatico de mi predilección, puse algo de jazz suave como tema musical a mis ideas, me senté y asumí pose de Hemingway criollo, y me apresté a rumiar las ocurrencias que habría de redactar y plasmar en mi primera gran obra sobresaliente...

Tres horas después -creo que alrededor de la media noche- me fuí a la cama, medio borracho, con una jaqueca que me partía el craneo, y desentendiéndome por fin de media resma de papel en blanco y otra cantidad similar que llenaba al tope la papelera.

***

Montesquieu definió alguna vez a un autor como "(...)un necio que, no contento con aburrir a aquellos con los que vive, insiste en aburrir a las generaciones futuras".

¡Gracias por la voz de aliento, Montesquieu!

***

C.S. Lewis escribió que "(...) aun en la literatura y en el arte, ningun hombre que se preocupe por la originalidad será nunca original: en el tanto y cuanto uno simplemente trate de decir la verdad (sin importarle un pepino que tantas veces haya sido dicha antes) uno, nueve de cada diez veces, se convertirá en un original sin siquiera darse cuenta".

El rasgo mas sobresaliente de mi personalidad -y no voy a caer en la trampa de analizar si es una característica positiva o una maldición sempiterna- es mi testarudez y obstinación. Ya mismo voy a ocuparme en escribir acerca de un par de ideas que se me acaban de ocurrir.

Eso, o me voy a servir un brandy y a fumarme algun buen tabaco.

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Cambiar Al Mundo

El tipo de esta historia es uno de esos a los que muchos consideran anticuados, fuera de lugar, y hasta un poco raros. Nuestro protagonista saluda indiscriminadamente a todas las personas con las que cruza su camino, sean conocidos de años o perfectos extraños a los que no ha visto nunca. Dice siempre "¡Muchas gracias!" cuando recibe el mas ínfimo favor y, cuando otro le agradece algo, siempre está presto a responder “Con mucho gusto”, “Es un verdadero placer”, “No tiene Ud. por qué darme las gracias”, o alguna otra frase -nunca expresada por mera fórmula, sino con absoluta convicción- por medio de la cual intenta comunicar que lo que haya hecho es su propia retribución, y que no cree merecer en realidad que se le agradezca.

Este individuo está indefectiblemente pronto a ceder su asiento, su lugar en la fila, o la prioridad de paso a otro vehículo o a un transeúnte. Es de esas personas que intercambian cordialidades -siempre iniciadas por él- con su vecino todas las mañanas cuando se dirige a su trabajo, que todos los días deposita una moneda en la mano del tipo que -llueva o haga sol- siempre pide en la misma intersección, que deja de lado cualquier tarea que tenga entre manos para asistir a alguien que solicite ayuda.

He sabido -de buena fuente- que este hombre ha perdido sumas diversas de dinero; dinero que ha prestado a algún pariente y amigo que “olvida” la deuda, o por tener que verse forzado a cubrir obligaciones pecuniarias en las que accedió a fungir como garante. No obstante, siempre está anuente a prestar de nuevo, o a estampar aun una vez más su rúbrica en el espacio destinado al fiador. Y ¡ni que decir de las herramientas, libros u otras cosas varias que a lo largo de los años ha prestado de la más buena gana a quien se los ha pedido prestados; y que nunca parecieran encontrar el camino de vuelta a su legítimo dueño! Nuestro hombre, que tiene una percepción de la honorabilidad completamente extraña a muchos de nosotros, se siente avergonzado por la mera posibilidad de pedir que le retornen un artículo dado en préstamo.

Ah, pero eso si, para este inusual sujeto la palabra que empeña es un vínculo indisoluble, sus deudas son ineludibles, un apretón de manos tiene plena fuerza contractual. Cree intrínsecamente en las personas, y no se ha permitido corroer todavía por la desconfianza cuando otro le desilusiona.

Tengo que confesar que, la mayoría de las veces, no consigo entender o asimilar las actitudes de éste individuo. No obstante, le he conocido por años, y le profeso un afecto sincero y profundo. Un día -cínico sin remedio como soy- le decía que, en un mundo rápido, implacablemente cruel y despersonalizado como en el que vivimos, sus actitudes se me antojaban como caprichosas y fútiles. Nuestra conversación se desarrollaba más o menos así:

-Mirá, la verdad es que a veces no te entiendo. Vos seguís tropezando en las mismas piedras todo el tiempo. ¿No te das cuenta acaso de que la gente abusa de vos? Nadie te ve como un hombre bueno. ¡Te ven como a un tipo más bien medio tonto, del que es facilísimo seguir aprovechándose una y otra vez!

Mi amigo, con su habitual candor, me respondió:

-Diay, así soy yo. Me siento bien siendo tal y como soy. Me satisface vivir la vida tal y como la vivo. Yo aun creo en la gente, creo en el amor, creo en la compasión. Si se que está dentro de mis posibilidades el hacer la diferencia para alguien mas, me gusta poder hacerlo.

Yo, que aun no había cejado en mi intención de provocarlo, le dije:

-¿Vos te creés que, con tus actitudes, vas a hacer alguna diferencia? ¿No te das cuenta que, no importa lo que vos hagás, la situación general en el mundo no va a cambiar?

Ante esto último, mi amigo me miró con intensidad a los ojos por un instante. Luego me devolvió, gentilmente pero con firmeza, la siguiente respuesta, con la que consiguió silenciar la tonta insolencia con la que yo le increpaba:

-Te equivocás, amigo. No me creo tanto como para pensar que puedo cambiar el mundo. Mis actitudes, las cosas que hago, la forma en que soy… todo ello es para dejarle saber al mundo que, no importa el cariz que adquieran las cosas, el mundo nunca me va a cambiar a mí.

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13.2.06

Palabras

Creo que fue el comediante George Burns el que dijo algo así: "Prefiero ser un fracasado en algo que ame hacer, que un éxito en algo que odie".

***

Yo tuve mi primer contacto con las palabras escritas a una edad que a muchos se les antojará temprana. Fue -en definitiva no gracias a ninguna especial predisposición mía, que no la tengo, sino más bien debido a la paciencia y cariño de un viejo maravilloso que es mi padre- alrededor de mi cuarto cumpleaños que yo aprendí a leer y escribir. Por supuesto que a esas edades me podía considerar dichoso de comprender una de cada veinte palabras que leía. Usualmente estaban -de forma muy vaga- dentro del alcance de mi intelecto los significados de sustantivos casi inequívocos como "automóvil", "casa", "perro", y otros por el estilo. No obstante, casi desde que conseguí poner una letra delante de otra -de manera coherente, no algo que se leyera "mkedxfgd"- y, tartamudeando, leer letras concatenadas; me encontré atrapado por la maravilla y la magia de la palabra escrita.

Pasé una cantidad considerable -muy cerca de lo que pueda considerarse a todas luces saludable- del tiempo libre de mis años de infancia leyendo. Al principio leía -de la manera más indiscriminada- casi cualquier material impreso que cayera en mis manos: el periódico del día, cualquier revista que encontrara a mano, ¡las cajas del cereal! Luego, a medida que lograba ir comprendiendo ideas algo más elaboradas, símiles, hipérboles y otros intríngulis de la palabra escrita; me volví afecto a leer traducciones de las novelas de Salgari, Verne, Stevenson, H.G. Wells, y otros. Recuerdo también una época en que me atrapó -sabrá Dios el porqué de esa particular fascinación- un libro acerca de la mitología greco-romana. ¡Recuerdo también que, por esas épocas, mi madrecita tenía que amenazarme con algo de disciplina física muy seguido para hacerme apagar la luz y dormirme, porque por leer perdía siempre la noción del tiempo, me dormía siempre de madrugada, y llegaba invariablemente tarde al día siguiente a la escuela!

Como yo poco menos que devoraba cualquier lectura que tuviera a mano, los libros se volvieron en indispensables regalos por parte de mis parientes para mis cumpleaños, navidad, día de Reyes, y cualquier otra ocasión -o no ocasión- posible. Mi abuela también me puso en posesión (una de las cosas que con mas cariño recuerdo de la entrañable viejita) de pilas enteras de libros que habían pertenecido a mi "tata" y a mis tíos y tías.

Durante mi adolescencia incrementé -si tal cosa era ya posible- la cantidad de libros que "aspiraba". Con la adquisición de un poco mas de discernimiento, empecé a gustar de algunos de los verdaderos clásicos de la literatura. Allí llegaron el "Moby Dick" de Melville, el "Frankenstein" de Shelly, los "Viajes" de Marco Polo, el "Cuento de Dos Ciudades" de Dickens, el "Drácula" de Stoker, "Los Miserables" y "El Jorobado de Notre-Dame" de Victor Hugo, el "Conde de Montecristo" y los "Romances de D'Artagnan" de Dumas, la "Guerra y la Paz" de Tolstoi, la "Amada Inmóvil" de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Neruda), las "Hojas de Pasto" de Whitman, las "Crónicas de Narnia" de Lewis, toda la trilogía del "Señor de los Anillos" de Tolkien (amén del "Silmarillion", "Farmer Giles of Ham", "Las Aventuras de Tom Bombadil", "Sir Gawain y el Caballero Verde"), casi cualquier cosa escrita por Twain, la "Granja de Animales" y el "1984" de Orwell... y ¡en realidad pierdo la cuenta de cuantos otros! Muchos de esos libros han permanecido -fieles compañeros- conmigo a lo largo de mi vida, pues, a medida que voy sumando años a mi vida, sigo deleitándome al encontrar en ellos nuevos detalles, segundas lecturas, significados entre las líneas.

La palabra escrita -escrita con maestría, elegancia, inspiración y clase; debo añadir- siempre me ha cautivado. Un buen libro tiene la peculiar capacidad de absorberme dentro de sus páginas, y no es extraño que ni siquiera escuche lo que me hablan cuando leo algo que de verdad me gusta. Las palabras de un buen autor tienen el poder de evocar formas, colores, sabores, sentimientos, sensaciones e ideas como casi ninguna otra forma de expresión. En lo que a mi respecta, una de las mayores mentiras jamás dichas es el cuento ese de que una imagen vale mas que mil palabras. El asunto, cuando se lee a alguien que sepa de verdad escribir, es a la inversa.

***

Recientemente sucumbí al capricho de dármelas de escritor. Reconozco con la cabeza baja que carezco de talento para hacerlo y, para colmo de males, rara es la ocasión en que siquiera se me ocurre algo sobre lo que valga la pena escribir -de aquí que termine escribiendo petulancias como la presente la mayoría del tiempo. Tengo pedazos de papel sueltos por todas partes, con apuntes inconexos de ideas que creo puedan quizá germinar en un "post" que medio se deje leer, ocurrencias que me vienen a la cabeza en algún sueño y que a la luz del día -y de una subsecuente reconsideración- se vuelven absurdas, y notas que refieren a cosas que ya ni siquiera comprendo. Pero mi placer por las palabras unidas en frases y frases unidas para expresar ideas permanece. Aunque mis frases sean mediocres, y mis ideas ininteligibles -salvo talvez para mi mismo- la mayoría del tiempo, soy esclavo incondicional de las palabras, y a mi humilde manera seguiré, como dice Burns, siendo un fracaso en algo que amo.


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9.2.06

La Sociedad de los Blogueros Muertos

Si estás leyendo este blog te habrás preguntado: "Bueno ¿y que carajos es la Sociedad de los Blogueros Muertos?" La respuesta no podía ser mas simple. La Sociedad somos nosotros y nosotros somos la Sociedad.

Te explico. La sociedad de marras no es ninguna organización en el sentido estricto de la palabra. Somos blogueros. Pero somos, antes que nada, una dispar y alegre banda de entrañables amigos a quienes reunió -mas o menos por casualidad- la actividad de bloguear. No buscabamos reunirnos, y casi chocamos unos con los otros en este mundo del blog. Hay una palabra en inglés que lo describe incomparablemente: serendipity. Lo de nosotros fue así, una serie de afortunadas casualidades.

Somos personas muy diferentes entre nosotros, pero también tenemos mucho en comun. Ninguno de nosotros está en esto para sacar partido de los beneficios de bloguear: la fama, el dinero, la notoriedad, el poder, la influencia, "groupies" (con todo y favores sexuales incluidos)... Todos nosotros compartimos el mismo sentido del humor medio torcido, y bromeamos con la facilidad y familiaridad que nos brinda sabernos amigos. Nos gusta ser abiertos, sinceros y cordiales. En ocasiones también podemos ser unos auténticos malpa... malpa... ¡Malpaís fans! ¡Si, nos gusta la música! Algunos de nosotros la hacen, otros la disfrutamos.

La noción de nuestra Societé surgió como una especie de "insider joke", pero eventualmente ha ido adquiriendo visos de lo que es nuestra identidad comun. Somos blogueros que deliberadamente no pertenecemos a ningun "mainstream" bloguero, pero que tampoco pretendemos ser considerados como la alternativa a ninguno. Blogueamos y ya. Fotografiamos, cantamos, escribimos. Soñamos, imaginamos, jugamos un poco a veces. Comunicamos y nos expresamos sin necesariamente hacer propuestas.

En nuestra sociedad somos blogueros, somos amigos, somos hermanos.

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2.2.06

Los Justos

Hoy Casciari escribió un post en su Orsai, bajo el título "Los Justos". Contrario a mi práctica (aunque escribo miserablemente poco, tengo la costumbre de escribir solo lo que es de mi propia cosecha) en esta ocasión no pude evitar replicar acá, en nuestro "blogcito" colectivo, el poema de Borges que inspiró el "post" del genial de Hernán:

"Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo."

A los JUSTOS del mundo, de corazón, gracias.

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